Thursday, December 11, 2014

Vengo del Norte


Vengo del Norte

Vengo del Norte buscando una nueva forma de vida y no sé dónde la puedo encontrar— me dijo aquel hombre sentado a la par mío en un banco de concreto; y así como caen las gotas de lluvia en un aguacero insaciable contra el pavimento, llenando los baches, huecos y fallas de las calles, así caían las ideas en el fondo de su razón llenando los huecos negros de su memoria y anegándolos de impaciencia. Busco algo de cultura para escapar la inercia brutal. Sabe que en el Norte, afirmó mirándome a los ojos, sólo hay avenidas de concreto, comunidades falsas, asfaltos interminables, amistades simuladas y granjeadas en el transcurso de una inicua existencia. Allí no existe ni el Norte ni el Sur ya que en otras culturas venir de estos lugares implica un cambio de clases. Un cambio de topografía significativa, incluso en una misma ciudad. Las ciudades del Norte son hechas y trazadas con el mismo plano y el mismo molde. Ciudades que nacen de la noche a la mañana, con todo lo necesario. No son medievales, ni renacentistas, ni coloniales, a pesar de que tratan de imitar sus rasgos estructurales con cartón prensado, aserrín aglomerado y paredes de estuco prefabricadas. Sistema que drena los bolsillos de los ciudadanos y que se convierte inconscientemente, en forma colectiva, en entretenimiento. Todos los fines de semana acuden a las mega-tiendas a comprar lo que estiman necesario. Las familias se aíslan del resto del mundo en su afán de mantener su casa de cartón en pie. No les queda otra opción, puesto que es lo único que tienen. Protegen su economía personal a cualquier costo. A nadie le importa como vive su vecino o si vive o muere. Vengo de un Norte que se expande hacia todos los lados, donde da lo mismo estar parado en una esquina aquí o allá, me entiende—recalcó con insistencia. En cuanto adquieren una casa de cartón acuden a las mega-tiendas a comprar lo necesario para lograr el sueño imaginado. Pero el sueño jamás llega a su fruición. Corren todos los días en busca de un clavo más, una lámpara, una luz, un interruptor, una manguera, o un tubo porque no funciona bien el sistema de riego. Acuden a las mega-tiendas de muebles para empezar una decoración insípida e interminable que les hace vivir de cheque a cheque. Se convierte en un pasatiempo necesario. Drenan los bolsillos hasta que ya no pueden más. Entonces recurren a mega-tiendas más baratas, para comprar aquellos artefactos tan indispensables e innecesarios. Lo indispensable está en continuar esa forma de vida, acumulando juguetes, cajas sin abrir, osos de peluche que les desagrada cada vez que alguien se los regalan. Y no pueden botarlos inmediatamente porque sería botar el dinero de otro. Esperan un corto tiempo para deshacerse de lo innecesario o regalárselos a otro. Viven en sus casas con sus hijos y sus cajas arrumadas, objetos innecesarios, ropa inutilizable, zapatos nuevos nunca utilizados y zapatos viejos que se deterioran  y se tuercen en el closet por falta de uso. Y los zapatos pasados de moda con la suela entera, finalmente terminan en la basura sin remordimiento. Es perfecto como lo han diseñado todo para mantenerlos ocupados y pensado en la solución al próximo problema. Todavía no han creado una tienda donde se compren las cosas verdaderas. Pero la crearán y creerán en ella. Vengo del Norte en busca de cultura, dónde la puedo encontrar—me preguntó. Sabe que allí sólo hay comunidades fabricadas o nacidas de la noche a la mañana con mega-tiendas, cafés, y restaurantes comunes para no disturbar la paz y el gran estilo de sus ciudadanos. Este mundo lo quiere asimilar Latinoamérica. ¿Para qué? Si todos se van de allí buscando cultura, raíces y un poquito de humanidad. Hasta la humanidad es artificial. Los pobladores del Norte se han transformado en hombres de cartón, bautizados por un deje inconsciente, producto de las mega-tiendas. Buscan soluciones inmediatas sin importar el medio. Y si corren peligro de desbaratarse, entonces, recurren a los clavos de plomo y los escupen a los  hombres de carne y hueso. El artificio de su ética y moral esta hecho por el exceso de cosas inservibles pero necesarias. Y  no lo saben. Creen que han fabricado la familia perfecta, la casa ideal, el país ejemplar, y tienen miedo de perder sus zapatos en el closet, los muebles arrumados, la soledad insoportable que se acumula detrás de los marcos de las casas de cartón. La unidad involuntaria del pueblo del Norte radica en su interés personal y en el miedo de perderlo todo. Nadie conoce a su vecino y si lo conoce se mantiene a la distancia. La vida personal del hombre de cartón no puede ser conocida y si alguien trata de entablar una amistad más cercana se alejan. Viven atemorizados del resto del mundo. Se sienten seguros detrás del marco de su casa de cartón. Y vigilan desde allí, asustados, al frente de una pantalla de televisión que les ofrece una solución. Y lo creen. Salen  a las mega-tiendas a continuar con su forma de vida y dependencia, amortiguando su mente. Miran las estanterías llenas de pantalones, camisas, zapatos, perfumes, juguetes, clavos, paredes de estuco, cartones, cables, tubos, herramientas; taladros, martillos, destornilladores, muebles,  baños, inodoros, baldosas, y sueñan despiertos en cómo mejorar su forma de vida, solos. Así se distraen de la realidad del mundo cuando no están viendo televisión, aunque este sea otro entretenimiento de gran importancia. El hombre de cartón no conversa de nada sustancial. Sólo habla de los nuevos muebles de patio, de los programas populares de televisión, de los arreglos constantes que tiene que hacer en su casa, aunque no haya nada que hacer. Tienen que ocuparse mecánicamente porque sino se ahogan en su mediocridad. El hombre de cartón no sólo es de cartón sino también es mediocre. ¿Se pueden imaginar al hombre mediocre de cartón? Parece una caja vieja que ha aguantado agua y sol y que se asemeja a los zapatos viejos que tiene guardados en el closet. El rostro es agrio por la falta de cultura. Vengo del Norte buscando cultura. La última vez allí, en mi desesperación, emprendí cuesta abajo, a toda velocidad,  una bicicleta, con la luz de una  pálida luna que apenas alumbraba el camino. Me quería entregar a la noche como ella se había entregado a mí. Quería saber si yo también era un hombre de cartón. Mis amigos me seguían en sus bicicletas, con luces apropiadas para descender la montaña, pero yo los había dejado muy atrás. En una curva pedregosa mi bicicleta empezó a convulsionar hasta perder su control. Uno de mis granjeados amigos que ya me había alcanzado anunciaba a gritos mi precipitación. “¡Hombre al suelo…hombre al suelo… hombre al suelo!” Mi pie estaba amarrado al estribo del pedal izquierdo y no me podía soltar. Rodé y caí con la bicicleta junto a mi pecho. Un sonido fuerte retumbó en mi cabeza. El golpe en la boca me había roto el labio superior internamente. Medio convulsionó mi cuerpo hasta que dejé de rodar. Las piedras alrededor confirmaban mi condición natural y me sentía atraído por un aire familiar. Me sentía más cerca a la tierra. Mis amigos de papel se acercaban con sus luces apuntándome a la cara. Hice gestos extraños, no pertenecientes ni al hombre de cartón, ni al de papel. El murmullo de la noche llamó resonancias humanas olvidadas. Y me repetían que no somos hombres de cartón. Me olvidé de la existencia y vi hombres crucificados infamemente y otros con medallas de colores en el pecho y galones en los hombros, tendidos en el suelo, muertos. Escribí en esa noche con una pluma recia y con tinta invisible para permanencia de mi memoria, por eso se lo cuento hoy. La sangre en las piedras se mezcló con mi memoria de lodo, para recordarme que no soy de cartón sino de barro transformado en carne y huesos por los dioses olvidados. Caían los recuerdos del hombre de carne y huesos en mi memoria como caen las vigas en una casa vieja. Reminiscencias escondidas. Recorrí chaquiñanes, parques, bosques, y vi hombres sinceros que jugaban con una pelota de caucho, y mujeres que tejían ponchos, cobijas, gorros y telas de varios colores. Las luces seguían en mis ojos y sólo podía ver las cejas lisas y cuadriculadas de los hombres de papel. La cara de la luna también me encandilaba. Todo me llegó en ese momento; los olores a guarapo, chicha fresca y recién masticada; y los olores a mote y encebollado y a caña de maíz recién cortada. Repetía con ecos interminables en mi mente: ¡vengo del Norte, busco cultura! Estaba alegre porque en ese mundo, de carne y hueso, la casa de cartón se había desvanecido. Y volvía a ser yo; sin tapujos ni restricciones. Y mis huesos molidos eran míos; y mi sangre era mi sangre; y mi sabor a sal era mi sabor. Estaba alegre, al pensar que ya no existía sólo para la casa de cartón; olvidé estanterías, libros, filosofías, retóricas e ideas y recobré mi capacidad universal de hombre de carne y huesos; sensible y conciente de mi esencia, de mi sustancia y del barro que corre por mis venas. Allí, en ese instante, se proyectó el espectro indescifrable. Ese camino pedregoso era la sábana natural que acogía con afecto la bolsa de mis huesos molidos. Sobrellevaba una realidad mística, poblada de medias sombras, de mujeres de luna y de templos dorados. Había rodado como aquellas rocas que se desprenden de un peñasco y se precipitan cuesta abajo golpeándose de lado a lado hasta que termina silenciosamente en el fondo del barranco. Con las luces en mi cara sólo miraba unas sombras blancas detrás de esos destellos que parecían venían del más allá. ¿Estás bien? me preguntó el mismo hombre que había anunciado mi caída. Creo que sí, le respondí. Mientras sentía los huesos molidos y el sabor de sangre mezclado con la sal del sudor en mis labios hinchados. Creo que sí, repetí. Me enjuagué la boca y les dije que no pasó nada. Me miraban, unos sonreídos, otros consternados. Agarré la bicicleta con mucha tranquilidad, me monté y salí a mayor velocidad que antes. Ellos gritaban, ¡no… espera!... ¡tienes hijos!... ¡cuidado con el barranco! Me sentía libre y contento. No era un hombre de cartón. Estaba hecho de carne y huesos y eso me alegraba. Traté de explicarlo pero no me entendieron. Mis amigos no eran de cartón ya que no tienen la rudeza de aquellos políticos que gobiernan esa nación. Son más ingenuos y creen en sus políticas. Mis amigos son hombres de papel que viven en casas de cartón y están cortados con las mismas tijeras y son  tan vulnerables como los demás. Y no lo saben. Ahora me encuentro en La Mitad del Mundo, aquí, junto a usted,  y me encamino hacia el cráter de una gran ciudad. Vengo del Norte, busco cultura, me entiende.